Declaración de Vancouver Junio 1998
En el Globalization e industrialización de la agricultura
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C reemos que la industrialización de la producción de los alimentos y de las fibras textiles pone en riesgo a la humanidad y al mundo natural. Reducir la agricultura a un negocio de monocultivo, sintético, de corporaciones transnacionales, amenaza la salud, la nutrición, la calidad de vida, a la espiritualidad de las comunidades y de la tierra. No es sano creer que para comer y vestirnos debemos envenenar la tierra, el agua y perder suelo. Cinco décadas de la llamada revolución verde no sólo han llevado a la destrucción y contaminación del agua, del suelo, de la biodiversidad y de comunidades humanas, sino que han exacerbado el hambre en todo el mundo. Uno de los impactos más críticos de la agricultura industrial, es el cambio climático que destruirá la base natural de la agricultura misma. Patentar la vida, y la manipulación de nuestra herencia genética como propiedad intelectual o industrial, es una de las amenazas más graves jamás impuestas por la agroindustria: lo que se está apostando es el derecho humano de alimentarse, vestir y tener techo para nuestras familias. Instituciones y tratados como la Organización Mundial del trabajo OMT, el Acuerdo General de Tarifas y Aranceles, GATT, el Codex Alimentarius, el TLC, la FAO y la Unión Europea, han acelerado el proceso de la industrialización de la agricultura y la globalización, a la vez que han promovido los derechos corporativos sobre los derechos de las personas. Sabemos que hay alternativas no tóxicas y no destructivas a la agricultura globalizada industrial y sabemos que esas alternativas son capaces de proveer mayor cantidad de alimento. Alrededor del mundo los agricultores están trabajando con métodos que respetan sus irrepetibles comunidades ecológicas y culturales. Con base en esta sabiduría, todas las granjas del siglo veintiuno pueden ser ecológicamente restauradoras, pueden sostener sus diversas comunidades biológica y culturalmente, tanto como conservar energía. No sólo debemos construir sobre el conocimiento existente y la visión de los agricultores, debemos expandir las asociaciones y crear coaliciones que sirvan a volver a darles poder a estas comunidades. Para poder rescatar nuestro sistema alimentario necesitamos más agricultores capacitados que tengan acceso a las tierras, a las semillas y al conocimiento de los sistemas biológicos. Para tener un sistema alimentario sano, es también esencial tener un suelo, el aire y el agua limpios y el derecho a guardar semillas para asegurar futuras cosechas. Las organizaciones científicas y las corporaciones transnacionales que están experimentando con, -y liberando-, tóxicos, compuestos sintéticos y organismos modificados genéticamente dentro de la biósfera deben hacerse responsables de la seguridad de sus prácticas y productos. Las corporaciones, los científicos y los gobiernos deben respetar el principio precautorio y tomar acciones preventivas - de cara a la incertidumbre científica-, para evitar los daños culturales y ecológicos que representan la biotecnología o los organismos modificados genéticamente (OGMs). Afirmamos junto con la declaración universal de los derechos humanos que el derecho al alimento, trasciende la nutrición básica y al hambre, e incluye el derecho a producir uno mismo su propio alimento. También afirmamos que los consumidores tienen derecho a saber de dónde proviene su alimento, qué hay en él y cómo fue producido. Aún más, los productores y los consumidores tienen derecho a mantener el control local sobre la producción de alimento, la distribución y el consumo. Nuestros cuerpos, los animales y las plantas, el aire, el agua, la tierra y el suelo, no son mercancías y no son patentables. Cuando un sistema alimentario viola los derechos de los ciudadanos y el orden natural de los ecosistemas del planeta, es esencial que nosotros, la gente, hagamos uso de nuestra libertad inalienable para corregir esos abusos. Estamos unidos sobre estos puntos. SIGNATARIOS DE LA DECLARACIÓN DE VANCOUVER
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