home | about | events | programs | news room | book store | analysis | contact | join

Introducción

1

Este libro, Alternatives to Economic Globalization [Alternativas a la globalización económica], es producto de un diálogo en curso entre miembros del Foro Internacional sobre la Globalización (FIG). El FIG es conocido principalmente por su contribución a la construcción de una conciencia pública de la naturaleza y las consecuencias de la globalización corporativa, y por su resistencia a las fuerzas del gobierno empresarial. Los autores de este libro creen que el triunfo final de los movimientos ciudadanos depende de que sean más propositivos en la creación del mundo que es posible.

La prioridad inmediata es delimitar los temas, reconociendo que llegar a un consenso incluso entre unas pocas personas —no digamos millones– es algo mucho más difícil y complejo que construir acuerdo sobre lo que rechazamos. Lo que rechazamos es inmediato y concreto. Junto con miles de millones de seres humanos vivimos y respiramos las consecuencias de la globalización empresarial y compartimos el enorme sufrimiento que inflige a la humanidad y a la Tierra. Cualquier visión que podamos forjar de un futuro diferente es más incierta: contiene muchas posibilidades y siempre es un trabajo en marcha. Los movimientos ciudadanos que se enfrentan a la globalización no tienen ningún organismo gobernante, ni ideología social ni líder carismático con mandato para hablar por los demás. Lo que nos agrupa es nuestra convicción común de que los seres humanos poseen una capacidad de cooperación, de compasión, de creatividad y de elección responsable que hará posible un mundo mejor, aunque demasiado a menudo es suprimida por la cultura y las instituciones de la globalización empresarial. Estamos aprendiendo juntos a medida que nos unimos en una causa común para convertir la posibilidad en realidad. En la preparación de este informe hemos tratado de ser fieles a lo que creemos ser el consenso principal en desarrollo en esos movimientos, aunque comprendemos que cualquier intento de articular posiciones para un movimiento tan diverso está necesariamente sujeto a discusión y debate. Hemos buscado en el movimiento patrones y puntos de convergencia, pero por último las observaciones y conclusiones que proponemos aquí representan nuestras opiniones personales en este momento particular de la historia y de la evolución de nuestro propia comprensión.

Resistencia Global

Durante la última década millones de personas han salido a la calle en la India, en las Filipinas, Indonesia, Brasil, Bolivia, Estados Unidos, Canadá, México, Argentina, Venezuela, Francia, Alemania, Italia, la República Checa, España, Suecia, el Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia, Kenya, Sudáfrica, Tailandia, Malasia y otros lugares en demostraciones masivas contra las instituciones y las políticas de la globalización empresarial. Con frecuencia los grandes medios de comunicación han hecho más por confundir que por informar al público acerca de los problemas que están detrás de las protestas. Thomas Friedman, columnista de asuntos exteriores del New York Times, es un ejemplo típico de los intelectuales que definen a los manifestantes como "proteccionistas ignorantes" que no proponen alternativas y no merecen atención seria. Muchos periodistas han tratado de reducir problemas muy complejos a un enfrentamiento simplista entre "proteccionismo" y "apertura", o entre "anarquía" y "un proceso democrático ordenado". En Estados Unidos y Europa los que protestan son vistos como niños mimados, descontentos egoístas y desinformados que quieren acabar con el comercio y la cooperación internacionales. Cualquiera que haga el mínimo esfuerzo por averiguar por qué millones de personas de prácticamente todas las naciones y las profesiones han salido a la calle descubre que esas caracterización simplistas son falsas. En cuanto a la acusación de ser enemigos de los pobres, las mayores protestas se dan en países de bajos ingresos, y la mayoría de los que participan en ellas son pobres. Igualmente desinformadas son las acusaciones de aislacionismo y xenofobia: la resistencia contra la globalización empresarial es global y confía en la cooperación internacional para alcanzar la justicia económica para todos los habitantes del planeta. Y en cuanto a ser enemigos del comercio, muchos de los dirigentes del movimiento participan activamente en la promoción del comercio justo —diferente del comercio libre y con frecuencia explotador al que se oponen– como medio de mejorar las condiciones económicas de los pobres y sus comunidades.

En realidad, la resistencia se basa en una crítica sofisticada y bien desarrollada presentada en incontables publicaciones y conferencias públicas, incluyendo entre muchos otros los documentos del Foro Internacional sobre la Globalización y numerosos libros y artículos de miembros del FIG.

Esa crítica puede encontrarse también en las publicaciones de una importante prensa independiente que relata las historias y comunica las opiniones que los medios de la corriente principal a menudo ignoran o hacen a un lado. Esas fuentes de información independientes están ampliando gradualmente la conciencia pública y haciendo crecer el número de quienes desean un cambio transformacional, pero todavía no han alcanzado la masa crítica necesaria para imponer una reformulación de los términos del debate político, que sigue dominado por los medios e intereses empresariales.

La afirmación de que los que protestan no proponen alternativas es tan falsa como las otras. Además de las alternativas descritas en libros, periódicos, conferencias y artículos y presentaciones individuales, en las últimas dos décadas diversos grupos de la sociedad civil han elaborado cuidadosamente numerosas declaraciones consensadas que plantean una gran variedad de alternativas, con una asombrosa convergencia en sus creencias acerca de los valores subyacentes a los que la sociedad humana debe servir. En 2001 y 2002, decenas de millares de personas se reunieron en Porto Alegre, Brasil, para el primer y el segundo "Foro Social Mundial", titulado "Otro mundo es posible", a fin de llevar adelante ese proceso de construcción de consenso popular hacia un mundo que funcione para todos.

Posiblemente la más obvia y directa de las alternativas propuestas por la sociedad civil consiste simplemente en declarar una moratoria para la negociación de nuevos acuerdos comerciales. Las propuestas más ambiciosas —como las presentadas en este volumen– se centran en la reorientación de las prioridades globales, nacionales y locales hacia la tarea de crear sociedades humanas saludables y sustentables que funcionen para todos. Muchas protestas se han centrado en la oposición a acuerdos comerciales, pero la sociedad civil global no es contraria al comercio. Los seres humanos han comerciado desde el origen de los tiempos y seguramente continuarán haciéndolo mientras subsistan dos o más miembros de la especie. Lo que las protestas rechazan es el uso de los acuerdos comerciales internacionales por intereses empresariales para esquivar la democracia en su campaña global por eliminar las protecciones sociales y ambientales que la gente ha luchado durante décadas, o incluso siglos, por conseguir.

El tema es el gobierno. ¿Tendrán las personas comunes una voz democrática para decidir cuáles son las mejores reglas en interés de la sociedad? ¿O se permitirá que una pequeña élite gobernante, reunida en secreto lejos de la vista del público, establezca las reglas que conformarán el futuro de la humanidad? Si lo único que preocupa a los tomadores de decisiones son los beneficios de las empresas en el próximo trimestre ¿quién se preocupará por la salud y el bienestar de la gente y del planeta? Se trata de cuestiones cada vez más serias para mucha gente que vive con la violencia y la inseguridad que se extienden por el mundo paralelamente a la creciente desigualdad, la desintegración del tejido social y el derrumbe de sistemas ambientales críticos. Esta realidad de desintegración social y ambiental es lo que ha hecho que millones de personas se unan en una alianza global informal que atraviesa las fronteras nacionales para forjar lo que puede ser considerado como el movimiento social más verdaderamente global e incluyente de la historia humana.

Mundos diferentes

Los globalistas empresariales que se reúnen en salones suntuosos para trazar el curso de la globalización corporativa en nombre de beneficios privados, y los movimientos ciudadanos que se organizan para oponerse a ellos en nombre de la democracia, están separados por diferencias en sus sistemas de valores, en sus visiones del mundo y en sus definiciones del progreso. Por momentos da la impresión de que viven en mundos totalmente diferentes, y de hecho en muchos aspectos así es. Comprender sus diferencias es esencial para determinar la naturaleza y las implicaciones de las profundas elecciones que hoy enfrenta la humanidad.

Los globalistas corporativos habitan un mundo de poder y privilegio. Ven el progreso cerca por todas partes, porque desde su punto de vista el movimiento hacia la privatización de los bienes públicos y la liberación del mercado de la interferencia gubernamental difunde por el mundo libertad y prosperidad, mejorando las vidas de las personas en todo el mundo y creando la riqueza financiera y material necesaria para terminar con la pobreza y proteger el medio ambiente. Se ven a sí mismos como campeones de un proceso histórico inexorable y benéfico hacia la eliminación de las fronteras económicas y políticas que impiden la expansión corporativa, suprimiendo la tiranía de burocracias públicas entremetidas e ineficientes y desencadenando el enorme poder de innovación y creación de riqueza de la competencia y la empresa privada.

Para los globalistas corporativos, acelerar esas tendencias es una gran misión. Buscan políticas públicas y acuerdos internacionales que proporcionen mayores salvaguardas para los inversionistas y la propiedad privada y al mismo tiempo eliminen las restricciones al libre movimiento de bienes, dinero y empresas en busca de oportunidades económicas donde quiera que se encuentren. Saludan a las empresas globales como las máximas y más eficientes instituciones humanas, poderosos motores de innovación y creación de riqueza que por todas partes están arrasando las barreras al progreso y la realización humanos. Celebran al Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio como instituciones esenciales y benéficas para el gobierno global, dedicadas a la gran tarea de reformular las reglas del comercio a fin de liberar al mercado y crear las condiciones esenciales para el crecimiento económico.

Los globalistas corporativos adhieren a esa visión del mundo como a un catecismo. Las diferencias entre ellos tienen que ver principalmente con la medida en que conviene que los gobiernos subsidien a las empresas privadas o provean redes de seguridad para amortiguar la caída de los perdedores en la implacable competencia del mercado.

Los movimientos ciudadanos ven una realidad muy diferente. Como su foco está en la gente y en el medio ambiente, ellos ven al mundo en una crisis cuya magnitud amenaza el tejido de la civilización y la supervivencia de la especie, un mundo donde la desigualdad crece rápidamente, las relaciones de confianza y afecto van siendo erosionadas y los sistemas planetarios de soporte de la vida están fallando. Mientras que los globalistas corporativos ven expansión de la democracia y economías de mercado florecientes, los movimientos ciudadanos ven que el poder de gobernar se va apartando de la gente y las comunidades y pasando a los especuladores financieros y las empresas globales dedicadas a la búsqueda de beneficios inmediatos, ignorando toda preocupación humana y natural. Ven a las empresas sustituyendo las democracias de personas por democracias del dinero, remplazando a los mercados autoorganizados por economías corporativas centralmente planificadas, y a todas las culturas por culturas de codicia y materialismo. A los ojos de los movimientos ciudadanos esas tendencias no son resultado de una fuerza histórica inexorable sino más bien de las acciones intencionales de un sistema político corrupto inundado de dinero empresarial. Ven al Banco Mundial, el FMI y la OMC como los principales instrumentos de ese ataque contra la gente y el medio ambiente. Irónicamente, los movimientos ciudadanos buscan muchas de las cosas que los globalistas corporativos afirman ofrecer sin jamás cumplirlo: participación democrática, economías con empresas que ofrezcan buenos empleos y respondan a las necesidades y preferencias reales de sus clientes, un ambiente sano, el fin de la pobreza. Sin embargo, mientras que los globalistas corporativos buscan una economía global competitiva gobernada por megaempresas que no deban lealtad a ninguna persona ni lugar, los movimientos ciudadanos buscan un sistema planetario de economías formadas por empresas de propiedad local y obligadas a rendir cuentas a todos los interesados. Los movimientos ciudadanos trabajan por justicia económica para todos, cooperación internacional, vibrante diversidad cultural y sociedades sanas y sustentables que valoren la vida más que el dinero. Los movimientos ciudadanos reconocen que los globalistas corporativos no pueden cumplir sus promesas porque los imperativos financieros estrechos y cortos de vista que rigen sus instituciones son opuestos a ellas. Es posible que muchos globalistas corporativos actén con las mejores intenciones, pero su propio éxito financiero los ciega a los costos de ese éxito para los que no tienen lugar a la mesa, incluyendo a las generaciones futuras.

En general los globalistas corporativos miden el progreso por indicadores de su propia riqueza financiera, como la elevación de precios en la bolsa y la producción total de bienes y servicios para quienes pueden pagarlos. Con excepción de dificultades cíclicas en América Latina y otros lugares y la declinación del ingreso per capita en los países africanos más pobres, en general esos indicadores cumplen su función, confirmando a ojos de los globalistas corporativos su premisa de que su programa está enriqueciendo al mundo. (Obsérvese que en julio de 2002, cuando este libro estaba casi listo para la imprenta, los principales indicadores de la bolsa estadounidense cayeron más de 5 por ciento en una semana.)

En cambio los movimientos ciudadanos miden el progreso por indicadores del bienestar de la gente y la naturaleza, con especial interés por la vida de los más necesitados. Con excepción de los muy visibles bolsones de privilegio de que disfrutan los globalistas empresariales, esos indicadores se van deteriorando a un ritmo aterrador, lo que hace pensar que en términos de lo que realmente importa el mundo se va empobreciendo rápidamente.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) informa que el número de personas con hambre crónica declinó incesantemente en el mundo durante las décadas de 1970 y 1980 pero desde comienzos de la de 1990 está aumentando. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos estima que para 2008 estarán subalimentados dos tercios de la población del África subsahariana, y el 40 por ciento de la asiática.

En un mundo en el que unos pocos disfrutan de una riqueza inimaginable, doscientos millones de niños de menos de 5 años están por debajo de su peso debido a la escasez de alimento. Alrededor de catorce millones de niños mueren cada año de enfermedades relacionadas con el hambre. Cien millones de niños viven o trabajan en las calles. Durante la década de 1990 trescientos mil niños fueron reclutados como soldados, y seis millones fueron heridos en conflictos armados. Cada noche, ochocientos millones de personas se acuestan con hambre. Y esta tragedia humana no está limitada a los países más pobres. En un país tan rico como Estados Unidos, 6.1 millones de adultos y 3.3 millones de niños pasan hambre. Alrededor del 10 por ciento de los hogares del país, que representan 31 millones de personas, no tienen acceso a comida suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Estos son algunos de los muchos indicadores que apuntan a una crisis social global cada vez más grave.

En el aspecto ambiental, un estudio conjunto publicado en septiembre de 2000 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el Banco Mundial y el Instituto de Recursos Mundiales evaluaron cinco tipos de ecosistemas —agrícola, costero, selvático, de agua dulce y de pastizal– en relación con cinco servicios del ecosistema: producción de alimentos y fibra, cantidad de agua, calidad del aire, biodiversidad y almacenamiento de carbono. Encontraron que de esas veinticinco combinaciones de servicios de los ecosistemas, dieciséis mostraban tendencias a la declinación. La única tendencia positiva estaba en la producción de alimentos y fibra por los ecosistemas selváticos, resultado de la expansión de la silvicultura industrial de monocultivo a expensas de la diversidad de especies.

Se calcula que la actividad humana —en particular la quema de combustibles fósiles– ha hecho aumentar la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera a los niveles más altos en veinte millones de años. Según el Worldwatch Institute, tanque de pensamiento ambiental, durante la década de 1990 los desastres naturales, incluyendo los relacionados con el clima como tormentas, inundaciones e incendios, afectaron a más de dos millones de personas y causaron pérdidas económicas por más de 608 mil millones de dólares en todo el mundo, más que en los cuarenta años precedentes. Sólo en 1998 trescientos millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares transitoria o permanentemente debido a eventos climáticos extremos.

Cada día se hace cada vez más imperativo repensar las prioridades e instituciones humanas. Y sin embargo la mayoría de los globalistas corporativos, en estado de negación profunda, reiteran su mantra de que con tiempo y paciencia la globalización empresarial creará la riqueza necesaria para acabar con la pobreza y proteger el medio ambiente. Los movimientos ciudadanos responden que las políticas y los procesos de la globalización empresarial están destruyendo la riqueza real del planeta a la vez que impulsan una competencia primitiva en la que el ganador se lleva todo que va ensanchando inexorablemente la brecha entre ricos y pobres. Rechazan como absurdo el argumento de que los pobres deben ser explotados y el ambiente arrasado para obtener el dinero necesario para terminar con la pobreza y salvar al planeta. Muchos movimientos ciudadanos ven el actual imperativo de un cambio transformacional como una oportunidad de elevar a la humanidad a un nuevo nivel de posibilidades, el mayor desafío creativo en la historia de la especie. Y sin embargo la experiencia los lleva a concluir que las instituciones que tienen el poder necesario para dirigir ese proceso no tienen ni la capacidad ni el deseo de hacerlo. Y no hay motivo realista para esperar que dirigentes ricamente recompensados por el status quo y aferrados a la visión de que no hay alternativa vayan a experimentar una revelación súbita. El desafío de proveer un liderazgo para el proceso de crear un mundo justo y sustentable, por lo tanto, toca a los cientos de millones de personas extraordinarias de la sociedad global en surgimiento que cree que un mundo mejor es posible, y que está forjando alianzas globales con miras a desplazar los poderes de gobierno hacia instituciones democráticas de arraigo local y escala humana que valoren la vida más que el dinero. Los más visibles son los que han salido a la calle a protestar, pero igualmente importantes y aún más numerosos son los que están luchando por reconstruir sus comunidades y economías locales frente a las fuerzas institucionales alineadas contra ellos.

Democracia económica

El bienestar presente y futuro de la humanidad depende de la transformación de las relaciones de poder dentro de las sociedades y entre ellas hacia modos más democráticos de manejar los asuntos humanos, con obligación mutua de rendir cuentas, autoorganización, coparticipación en el poder y minimización de la necesidad de una autoridad central coercitiva. La democracia económica, que implica la participación equitativa de todos en la propiedad de los activos productivos de los que depende su subsistencia, es esencial para esa transformación porque la concentración del poder económico es el talón de Aquiles de la democracia política, como lo demuestra la experiencia de la globalización empresarial. Las luchas políticas definitorias del siglo XX se centraron en la elección entre socialismo y capitalismo. Ambos centralizaban el poder de propiedad en instituciones que no tenían que rendir cuentas a nadie, el estado en el caso del socialismo y la empresa en el capitalismo. Ambos iban en contra del ideal de la economía liberal clásica de mercados autoorganizados, mercados en los que las comunidades se organizan para responder a las necesidades locales en el marco de reglas democráticamente determinadas. Pero aunque rara vez se señala, la democracia económica es tan esencial para el funcionamiento eficiente de las economías como una regulación pública sana. Los mercados actuales responden únicamente al dinero, y por eso prestan atención excesiva a los deseos de los ricos e ignoran las necesidades más básicas de los pobres. La democracia económica es además una base necesaria de la autodeterminación económica individual, comunitaria y nacional —el derecho a decidir las propias prioridades económicas y las reglas de la propia vida económica– porque contribuye a que cada persona tenga una voz política. Al mismo tiempo, hay que considerar lo que se gana y lo que se pierde en la elección entre la creación de reglas local, nacional y global. Por ejemplo, la sociedad civil está fuertemente comprometida con la elevación de las normas sociales y ambientales en todas partes. Para ese fin, algunos activistas llaman al establecimiento de normas laborales, de salud y seguridad y ambientales universales, si es posible respaldadas por sanciones comerciales. Señalan correctamente que permitir normas diferentes en una economía global abierta y competitiva inevitablemente presiona a todos para que rebajen sus normas. Pero otros señalan que son invariablemente las naciones fuertes las que abogan por normas uniformes, porque tienen el poder de imponer las reglas que les convengan a las naciones más débiles. Además, las normas internacionales uniformes no sólo violan el derecho democrático a la autodeterminación sino que además ignoran las diferencias en condiciones y preferencias locales. Los que adoptan esa posición piden medidas que aseguren el derecho de las naciones e incluso de entidades menores a escoger sus propias normas adecuadas a sus circunstancias, mientras no pasen a otros el peso de sus decisiones.

Las dos posiciones reflejan inquietudes válidas. Las diferencias están relacionadas en parte con la prioridad acordada a la autosuficiencia económica. Cuanto menos autosuficiente es una comunidad o una nación, mayor es su dependencia externa y mayor su necesidad de reglas globales uniformes para evitar una presión hacia abajo sobre las normas en todas partes. Por la misma razón, cuanto mayor es la autosuficiencia de una comunidad o nación, mayor margen habrá para la flexibilidad y la adaptación a circunstancias locales. En el FIG, el diálogo sobre esas diferencias ha llevado a un consenso a favor de la autosuficiencia y la autodeterminación local.

La preocupación por la autosuficiencia y la autodeterminación locales tiene implicaciones importantes para el gobierno global. Por ejemplo, en un sistema autosuficiente y localizado, la autoridad primaria para establecer reglas y hacerlas acatar corresponde a los gobiernos nacional y local de las jurisdicciones donde rigen. El papel de las instituciones internacionales consiste en facilitar la coordinación de las políticas nacionales sobre temas en que los intereses de las naciones están intrínsecamente unidos, como por ejemplo el calentamiento global. Por supuesto un compromiso democrático con la autodeterminación significa que por último toca a la población de cada nación —si es que no a cada grupo indígena o comunidad local– decidir en qué medida han de integrar su propia economía con las economías de otras naciones. Es probable que la población de diferentes países llegue a decisiones diferentes. Lo apropiado sería que el interés internacional quede limitado a asegurar que las decisiones se tomen en forma democrática, que las relaciones económicas entre los países sean justas y equilibradas, que ningún país acumule deudas imposibles de pagar con el resto del sistema y que cada una de las economías nacionales esté asegurada contra intervenciones predatorias de naciones y empresas extranjeras.

Ciertamente hay necesidad de instituciones internacionales que faciliten el intercambio cooperativo y resuelvan los inevitables conflictos entre intereses nacionales rivales en busca de soluciones para problemas globales. Pero esas instituciones deben ser trasparentes y democráticas y defender el derecho a la autodeterminación de la gente, las comunidades y las naciones. El Banco Mundial, el FMI y la OMC violan cada una de esas condiciones a tal punto que los autores de este libro recomiendan desautorizarlos y construir nuevas instituciones bajo la autoridad de una Organización de Naciones Unidas reformada y fortalecida. Esas nuevas instituciones serían responsables por liberar a las naciones del Tercer Mundo de la carga de deudas internacionales impagables, ayudando a todas las naciones a equilibrar sus cuentas de comercio internacional y de inversiones de acuerdo con el sistema global, y trabajando con los gobiernos nacionales para establecer la obligación pública de rendir cuentas para las empresas cuyas operaciones atraviesan fronteras nacionales.

El impulso para el cambio

Hace menos de diez años las afirmaciones de los globalistas empresariales sobre la inevitabilidad de su causa resultaban creíbles para muchos. Hablar de alternativas económicas parecía poco más que una bravata. Hoy, a pesar de que la globalización corporativa sigue siendo una fuerza tremenda, ya no parece tan invencible, y la discusión de alternativas ya no se ve como pura fantasía. La conciencia pública del abuso generalizado de su poder por las empresas ha alimentado el crecimiento de un fuerte movimiento de oposición. Por ejemplo, las negociaciones secretas hacia un acuerdo multilateral sobre inversiones (MAI = Multilateral Agreement on Investments) bajo la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) fueron denunciadas y finalmente terminaron. Al presidente de Estados Unidos Clinton le negaron dos veces la "vía rápida" ("fast track") que deseaba y que le hubiera dejado las manos libres para negociar acuerdos comerciales con un mínimo de debate parlamentario y sin enmiendas. (Un Congreso republicano finalmente concedió esa autoridad al presidente George W. Bush en 2002, por tres votos.) Los esfuerzos por iniciar una nueva ronda de negociaciones comerciales en la reunión ministerial de la OMC en Seattle en 1999 fueron bloqueados y la OMC se vio obligada a mostrar su naturaleza antidemocrática trasladando su reunión ministerial de 2001 a Qatar, una monarquía remota donde cualquier protesta pública es reprimida sin piedad. En abril de 2000 la policía cerró buena parte de la ciudad de Washington para proteger a una reunión del Banco Mundial y el FMI contra los manifestantes que exigían la desautorización de esas instituciones y la cancelación de la deuda del Tercer Mundo. Una reunión subsiguiente de directores del FMI y el Banco Mundial en Praga terminó un día antes de lo planeado, y otra planeada para Barcelona fue cancelada. En 2001 las empresas farmacéuticas fueron obligadas a hacer concesiones para permitir un mayor uso de drogas genéricas a bajo costo en los países pobres. Los manifestantes y los miembros del grupo de los 77 —un organismo intergubernamental formal de más de 130 de los países más pobres del globo– se encuentran cada vez más unidos en una causa común.

Esa alianza en desarrollo de organizaciones de la sociedad civil agrupa a sindicalistas, agricultores, campesinos sin tierra, religiosos, organizaciones de mujeres, organizaciones de jóvenes, propietarios de pequeños negocios, productores artesanales, activistas por la justicia económica, defensores de la reforma de las prisiones, ambientalistas, activistas del SIDA y otras áreas relacionadas con la salud, políticos, medios de comunicación independientes, empleados públicos, gente sin casa, organizaciones por la paz y los derechos humanos, grupos de homosexuales, intelectuales, defensores de los consumidores y hasta algunos directores de empresas, de todas las edades, religiones, razas y nacionalidades. Es producto de un despertar en gran parte espontáneo de millones de personas a la realidad de que su futuro y el futuro de sus hijos depende de que ejerzan su derecho democrático a participar en las decisiones que determinan ese futuro. Aglutinada por un profundo compromiso con los valores universales de la democracia, la justicia y el respeto por la vida, esa alianza funciona en forma cada vez más eficaz sin organización central, liderazgo ni ideología definitoria. Además, adopta distintas formas en diferentes ambientes.

En la India, los activistas buscan empoderar a las poblaciones locales a través del control comunitario democrático de los recursos bajo la bandera de un movimiento por la Democracia Viva que congrega a millones. En Canadá, cientos de organizaciones se han unido para articular una agenda ciudadana que intenta arrancar a las empresas el control de las instituciones gubernamentales. En Chile, coaliciones de grupos ambientalistas han creado una vigorosa propuesta de Chile Sustentable tendiente a revertir la deriva de ese país hacia los mercados libres y reafirmar el control democrático de las prioridades y los recursos de la nación. En Brasil el foco está en los derechos de los trabajadores, los pobres y los campesinos sin tierra. En Bolivia un movimiento masivo de campesinos y trabajadores ha logrado impedir la privatización del agua. En México los pueblos mayas de Chiapas han vuelto a encender el espíritu de Zapata en un movimiento para reafirmar los derechos de los pueblos indígenas sobre la tierra y los recursos. Agricultores franceses se han sublevado contra reglas comerciales que amenazan con eliminar a los pequeños productores. La construcción de nuevas carreteras en el Reino Unido ha hecho salir a la calle a cientos de miles de personas que se oponen a esa profanación del campo en respuesta a la implacable exigencia de la globalización de transportes cada vez más rápidos.

Estos son sólo algunos ejemplos de las iniciativas y acciones que se están dando en todo el mundo en defensa de los derechos democráticos. Algunas son puramente locales, otras son nacionales e internacionales. Todas están unidas en el común rechazo al poder ilegítimo y las falsas promesas de las empresas globales y en un compromiso proactivo de revitalizar la democracia a nivel local, regional, nacional y global. Cada una contribuye a la visión que va surgiendo de la sociedad sana, justa y sustentable que la humanidad posee los medios de crear. Cada una suma su voz a un creciente coro global que proclama el derecho de "Nosotros la población del planeta Tierra" a crear esa sociedad.

En este libro se analizan muchas de esas propuestas alternativas y también iniciativas en marcha. Algunas son a corto plazo y responden a debates del momento, otras son a largo plazo y elaboran reglas e instituciones nuevas para el desarrollo de sociedades sustentables. Martin Khor de la Red del Tercer Mundo basada en Malasia ofrece un marco excelente para comprender las interacciones de esos diferentes tipos de trabajo alternativo (en el Recuadro A).

Permítaseme presentar dos paradigmas en conflicto que actualmente enfrenta la sociedad civil y que nos imponen algunas decisiones difíciles sobre cómo llevar adelante nuestro trabajo. El primer paradigma implica la decisión de trabajar en en sistema de la globalización, en el que nos sentimos atrapados. Si trabajamos dentro de ese sistema, empezamos por preguntar: "¿Son justas las reglas del juego, en particular para los jugadores más débiles, o los jugadores fuertes las están torciendo y manipulando para seguir dominando a los débiles?" Si encontramos que este último es el caso, debemos luchar por la reforma de las reglas del juego para hacerlas más justas. Debemos monitorear y estar atentos a dónde las reglas van en contra de los débiles y los pobres. En este primer paradigma trabajaremos y argumentaremos dentro de los parámetros del sistema tratando de modificarlo, porque quizá hemos llegado a la conclusión de que no hay alternativa, por lo menos a corto plazo. Éste puede ser el enfoque adoptado por personas pragmáticas preocupadas, por ejemplo, por la supervivencia para los próximos cinco o diez años.

Pero aun mientras trabajamos dentro de ese sistema y lo vamos haciendo más justo para todos los participantes, comprendemos que es posible que no dure mucho debido a los límites ecológicos. Dicho de otro modo, si continuamos poniendo el énfasis en un gran crecimiento, pero ese crecimiento se distribuye en forma más equitativa y logramos que los pobres salgan mejor parados, todo el sistema industrialista sigue funcionando. El debate es sobre si las plantas textiles deben estar en Londres y proporcionar empleo a los trabajadores ingleses con altos niveles de vida y seguridad social o deben ser trasladadas a Bangladesh donde se explota el trabajo infantil. Es posible que para el niño obrero sea mejor ser explotado que estar desempleado y muerto. Éste es el tipo de debate en el que podemos meternos con el primer paradigma. ¿Es justo que los nativos de Bangladesh sean explotados en una fábrica o deben permanecer inexplotados; debemos elevar sus condiciones de trabajo? Si sus condiciones de trabajo se elevan es posible que pierda el empleo porque la fábrica podría mudarse a Londres y dar el empleo a un trabajador de allí. Por lo tanto el problema pasa a ser otro: quizá la fábrica no debería existir ni en Londres ni en Bangladesh porque el industrialismo es malo, quizá el industrialismo es incompatible con la supervivencia a largo plazo del mundo. Ésa es la base del segundo paradigma: el debate Norte-Sur no tiene sentido porque de todos modos en veinte o treinta años todo el sistema se derrumbará. De modo que en el segundo paradigma trabajamos por unidades de producción estilo Gandhi: familiares o de base comunitaria y autosuficientes, con comercio principalmente dentro de la comunidad y la región y sólo ocasionales intercambios con el resto del mundo, según las necesidades.

Los que trabajan en este segundo paradigma podrían decir: "No quiero empresas transnacionales. Utilizaré cualquier método para eliminarlas y regresar a la producción local." De manera que los que trabajan en este segundo paradigma ciertamente llegarán a conclusiones políticas diferentes de las de quienes trabajan desde el primer paradigma, que busca un comercio más justo y relaciones económicas más equitativas. El debate sobre si los derechos de los trabajadores y del medio ambiente deben ser mencionados en los acuerdos comerciales en realidad forma parte del primer paradigma, pero al mismo tiempo debemos recordar que el segundo paradigma existe. A veces tomamos ideas de ese segundo paradigma para apoyar nuestros argumentos en el primer paradigma y viceversa, y caemos en la confusión. De manera que mientras trabajamos y debatimos qué iniciativas tienen sentido, debemos ser explícitos sobre si estamos hablando desde el primer paradigma o el segundo.

Que quede claro que el mundo real va avanzando en el primer paradigma. Es posible que algunos de nosotros estemos luchando desde el interior de ese paradigma para señalar las inequidades, las pautas dobles, los puntos en que los términos de intercambio deben ser más justos, etcétera. Personalmente yo suelo trabajar en el contexto del primer paradigma, aunque emocionalmente en realidad pertenezco al segundo. De modo que si preguntamos si debemos comerciar con el resto del mundo, es preciso dejar bien claro cuáles son nuestras premisas y de qué paradigma partimos. Porque al fin de cuentas, es mejor si logramos infundir el segundo paradigma en el primero como una especie de transición. Por ejemplo, mientras luchamos con el comercio y el medio ambiente en el primer paradigma, haríamos bien en preguntar cómo hacer más ecológicamente sustentable el sistema globalizado como transición hacia el segundo paradigma. Y hacerlo de modo que los pobres no sufran y sean los ricos quienes paguen los costos del ajuste. Creo que por el momento debemos siempre tratar de trabajar en los dos paradigmas. En este sentido, podemos crear un sistema que vaya hacia la sustentabilidad ambiental en forma socialmente equitativa reduciendo las desigualdades en el ingreso y resolviendo el problema de la pobreza, pero a la vez resolviendo el problema ambiental. ¿Es posible crear mecanismos de comercio, sistemas de precios y productos y demás que permitan esa transición hacia el Paradigma Dos? Ése es uno de nuestros grandes desafíos.

Fuente: Martin Khor, "Commentary", en John Cavanagh, (ed.), South-North: Citizen Strategies to Transform a Divided World, San Francisco, International Forum on Globalization, Noviembre de 1995.

Los procesos alternativos del FIG

La indagación del Foro Internacional sobre la Globalización en busca de alternativas a la globalización empresarial se inició en enero de 1999, casi un año antes del enfrentamiento de Seattle entre la sociedad civil y la Organización Mundial del Comercio. Desde entonces alrededor de treinta miembros de la directiva del FIG y algunos miembros asociados están preparando artículos y reuniéndose regularmente para desarrollar un consenso acerca de un marco para el cambio positivo. Este libro es nuestro informe provisional. El Capítulo 1 presenta una crítica de las instituciones, la teoría y la práctica de la globalización corporativa y la argumentación de por qué deben ser sustituidas por instituciones, teoría y práctica que sirvan a la vida y la democracia y las alimenten. En el Capítulo 2 se esbozan diez principios organizadores para sociedades sanas, justas, democráticas y sustentables, que ofrecen un marco guía para el trabajo creativo de reestructuración institucional y elaboración de reglas que nos espera. El Capítulo 3 examina la naturaleza especial de recursos comunes como el agua, que constituyen una herencia esencial para la vida, y explica por qué permitir que sean privatizados, monopolizados y asignados exclusivamente en base a la capacidad de pago y sin consideración por la equidad y el interés público es moral y ambientalmente inaceptable. En el Capítulo 4 se presentan los argumentos en favor de desplazar el poder de decidir del nivel global al local, y se esbozan algunas de las formas en que puede hacerse. En el Capítulo 5 se examinan los procesos por los que las empresas globales han llegado a establecerse como instituciones dominantes en el planeta y se esbozan medidas específicas para modificar la estructura empresarial, limitar su poder y obligarla a rendir cuentas al interés público. En el Capítulo 6 se extraen lecciones de iniciativas exploratorias en la práctica de la democracia viviente propuestas por una varidad de movimientos tanto del Norte como del Sur. En particular se describen sistemas alternativos que funcionan en la energía, el transporte, la agricultura y la manufactura. El Capítulo 7 aboga por sustituir el triumvirato de Banco Mundial, FMI y OMC por nuevas instituciones a crear bajo la autoridad de las Naciones Unidas. Esas instituciones tendrían mandato para apoyar y ayudar a la transición a un sistema planetario cooperativo de economías locales que intercambiarían información, tecnología, cultura y bienes en un marco de responsabilidad mutua y democrática. El Capítulo 8 ofrece algunas reflexiones finales.

Presentamos este informe conscientes de la complejidad de los temas y los cambios que implican. También reconocemos que la discusión seria de alternativas y propuestas prácticas es una actividad relativamente nueva en la sociedad civil. Es posible que personas inteligentes y reflexivas difieran en muchos puntos, igual que muchos de los que participamos en la preparación del libro tenemos diferencias. Nuestro objetivo es estimular el diálogo y debate hacia una visión y una afirmación más refinadas. Planeamos distribuir este volumen entre muchos miles de grupos políticos y ciudadanos que se ocupan de estas cuestiones en todos los continentes para invitarlos a que contribuyan. Contemplamos un proceso de tres años, que incluirá reuniones de los grupos interesados en cada región para proseguir el diálogo y construir consensos con miras a un informe revisado y ampliado que esperamos lleve la discusión a un nuevo nivel de sofisticación y también de concreción.

Te invitamos a participar también.

Return to Materiales

Return to home page