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Introducción
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Este libro, Alternatives
to Economic Globalization [Alternativas a la globalización
económica], es producto de un diálogo en curso
entre miembros del Foro Internacional sobre la Globalización
(FIG). El FIG es conocido principalmente por su contribución
a la construcción de una conciencia pública de la
naturaleza y las consecuencias de la globalización corporativa,
y por su resistencia a las fuerzas del gobierno empresarial. Los
autores de este libro creen que el triunfo final de los movimientos
ciudadanos depende de que sean más propositivos en la creación
del mundo que es posible.
La prioridad inmediata
es delimitar los temas, reconociendo que llegar a un consenso incluso
entre unas pocas personas no digamos millones es algo
mucho más difícil y complejo que construir acuerdo
sobre lo que rechazamos. Lo que rechazamos es inmediato y concreto.
Junto con miles de millones de seres humanos vivimos y respiramos
las consecuencias de la globalización empresarial y compartimos
el enorme sufrimiento que inflige a la humanidad y a la Tierra.
Cualquier visión que podamos forjar de un futuro diferente
es más incierta: contiene muchas posibilidades y siempre
es un trabajo en marcha. Los movimientos ciudadanos que se enfrentan
a la globalización no tienen ningún organismo gobernante,
ni ideología social ni líder carismático con
mandato para hablar por los demás. Lo que nos agrupa es nuestra
convicción común de que los seres humanos poseen una
capacidad de cooperación, de compasión, de creatividad
y de elección responsable que hará posible un mundo
mejor, aunque demasiado a menudo es suprimida por la cultura y las
instituciones de la globalización empresarial. Estamos aprendiendo
juntos a medida que nos unimos en una causa común para convertir
la posibilidad en realidad. En la preparación de este informe
hemos tratado de ser fieles a lo que creemos ser el consenso principal
en desarrollo en esos movimientos, aunque comprendemos que cualquier
intento de articular posiciones para un movimiento tan diverso está
necesariamente sujeto a discusión y debate. Hemos buscado
en el movimiento patrones y puntos de convergencia, pero por último
las observaciones y conclusiones que proponemos aquí representan
nuestras opiniones personales en este momento particular de la historia
y de la evolución de nuestro propia comprensión.
Resistencia Global
Durante la última década millones
de personas han salido a la calle en la India, en las Filipinas,
Indonesia, Brasil, Bolivia, Estados Unidos, Canadá, México,
Argentina, Venezuela, Francia, Alemania, Italia, la República
Checa, España, Suecia, el Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia,
Kenya, Sudáfrica, Tailandia, Malasia y otros lugares en demostraciones
masivas contra las instituciones y las políticas de la globalización
empresarial. Con frecuencia los grandes medios de comunicación
han hecho más por confundir que por informar al público
acerca de los problemas que están detrás de las protestas.
Thomas Friedman, columnista de asuntos exteriores del New York
Times, es un ejemplo típico de los intelectuales que
definen a los manifestantes como "proteccionistas ignorantes"
que no proponen alternativas y no merecen atención seria.
Muchos periodistas han tratado de reducir problemas muy complejos
a un enfrentamiento simplista entre "proteccionismo" y
"apertura", o entre "anarquía" y "un
proceso democrático ordenado". En Estados Unidos y Europa
los que protestan son vistos como niños mimados, descontentos
egoístas y desinformados que quieren acabar con el comercio
y la cooperación internacionales. Cualquiera que haga el
mínimo esfuerzo por averiguar por qué millones de
personas de prácticamente todas las naciones y las profesiones
han salido a la calle descubre que esas caracterización simplistas
son falsas. En cuanto a la acusación de ser enemigos de los
pobres, las mayores protestas se dan en países de bajos ingresos,
y la mayoría de los que participan en ellas son pobres. Igualmente
desinformadas son las acusaciones de aislacionismo y xenofobia:
la resistencia contra la globalización empresarial es global
y confía en la cooperación internacional para alcanzar
la justicia económica para todos los habitantes del planeta.
Y en cuanto a ser enemigos del comercio, muchos de los dirigentes
del movimiento participan activamente en la promoción del
comercio justo diferente del comercio libre
y con frecuencia explotador al que se oponen como medio de
mejorar las condiciones económicas de los pobres y sus comunidades.
En realidad, la resistencia se basa en una crítica
sofisticada y bien desarrollada presentada en incontables publicaciones
y conferencias públicas, incluyendo entre muchos otros los
documentos del Foro Internacional sobre la Globalización
y numerosos libros y artículos de miembros del FIG.
Esa crítica puede encontrarse también
en las publicaciones de una importante prensa independiente que
relata las historias y comunica las opiniones que los medios de
la corriente principal a menudo ignoran o hacen a un lado. Esas
fuentes de información independientes están ampliando
gradualmente la conciencia pública y haciendo crecer el número
de quienes desean un cambio transformacional, pero todavía
no han alcanzado la masa crítica necesaria para imponer una
reformulación de los términos del debate político,
que sigue dominado por los medios e intereses empresariales.
La afirmación de que los que protestan no
proponen alternativas es tan falsa como las otras. Además
de las alternativas descritas en libros, periódicos, conferencias
y artículos y presentaciones individuales, en las últimas
dos décadas diversos grupos de la sociedad civil han elaborado
cuidadosamente numerosas declaraciones consensadas que plantean
una gran variedad de alternativas, con una asombrosa convergencia
en sus creencias acerca de los valores subyacentes a los que la
sociedad humana debe servir. En 2001 y 2002, decenas de millares
de personas se reunieron en Porto Alegre, Brasil, para el primer
y el segundo "Foro Social Mundial", titulado "Otro
mundo es posible", a fin de llevar adelante ese proceso de
construcción de consenso popular hacia un mundo que funcione
para todos.
Posiblemente la más obvia y directa de las
alternativas propuestas por la sociedad civil consiste simplemente
en declarar una moratoria para la negociación de nuevos acuerdos
comerciales. Las propuestas más ambiciosas como las
presentadas en este volumen se centran en la reorientación
de las prioridades globales, nacionales y locales hacia la tarea
de crear sociedades humanas saludables y sustentables que funcionen
para todos. Muchas protestas se han centrado en la oposición
a acuerdos comerciales, pero la sociedad civil global no es contraria
al comercio. Los seres humanos han comerciado desde el origen de
los tiempos y seguramente continuarán haciéndolo mientras
subsistan dos o más miembros de la especie. Lo que las protestas
rechazan es el uso de los acuerdos comerciales internacionales
por intereses empresariales para esquivar la democracia en su campaña
global por eliminar las protecciones sociales y ambientales que
la gente ha luchado durante décadas, o incluso siglos, por
conseguir.
El tema es el gobierno. ¿Tendrán las
personas comunes una voz democrática para decidir cuáles
son las mejores reglas en interés de la sociedad? ¿O
se permitirá que una pequeña élite gobernante,
reunida en secreto lejos de la vista del público, establezca
las reglas que conformarán el futuro de la humanidad? Si
lo único que preocupa a los tomadores de decisiones son los
beneficios de las empresas en el próximo trimestre ¿quién
se preocupará por la salud y el bienestar de la gente y del
planeta? Se trata de cuestiones cada vez más serias para
mucha gente que vive con la violencia y la inseguridad que se extienden
por el mundo paralelamente a la creciente desigualdad, la desintegración
del tejido social y el derrumbe de sistemas ambientales críticos.
Esta realidad de desintegración social y ambiental es lo
que ha hecho que millones de personas se unan en una alianza global
informal que atraviesa las fronteras nacionales para forjar lo que
puede ser considerado como el movimiento social más verdaderamente
global e incluyente de la historia humana.
Mundos diferentes
Los globalistas empresariales que se reúnen
en salones suntuosos para trazar el curso de la globalización
corporativa en nombre de beneficios privados, y los movimientos
ciudadanos que se organizan para oponerse a ellos en nombre de la
democracia, están separados por diferencias en sus sistemas
de valores, en sus visiones del mundo y en sus definiciones del
progreso. Por momentos da la impresión de que viven en mundos
totalmente diferentes, y de hecho en muchos aspectos así
es. Comprender sus diferencias es esencial para determinar la naturaleza
y las implicaciones de las profundas elecciones que hoy enfrenta
la humanidad.
Los globalistas corporativos habitan un mundo de
poder y privilegio. Ven el progreso cerca por todas partes, porque
desde su punto de vista el movimiento hacia la privatización
de los bienes públicos y la liberación del mercado
de la interferencia gubernamental difunde por el mundo libertad
y prosperidad, mejorando las vidas de las personas en todo el mundo
y creando la riqueza financiera y material necesaria para terminar
con la pobreza y proteger el medio ambiente. Se ven a sí
mismos como campeones de un proceso histórico inexorable
y benéfico hacia la eliminación de las fronteras económicas
y políticas que impiden la expansión corporativa,
suprimiendo la tiranía de burocracias públicas entremetidas
e ineficientes y desencadenando el enorme poder de innovación
y creación de riqueza de la competencia y la empresa privada.
Para los globalistas corporativos, acelerar esas
tendencias es una gran misión. Buscan políticas públicas
y acuerdos internacionales que proporcionen mayores salvaguardas
para los inversionistas y la propiedad privada y al mismo tiempo
eliminen las restricciones al libre movimiento de bienes, dinero
y empresas en busca de oportunidades económicas donde quiera
que se encuentren. Saludan a las empresas globales como las máximas
y más eficientes instituciones humanas, poderosos motores
de innovación y creación de riqueza que por todas
partes están arrasando las barreras al progreso y la realización
humanos. Celebran al Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional
y la Organización Mundial del Comercio como instituciones
esenciales y benéficas para el gobierno global, dedicadas
a la gran tarea de reformular las reglas del comercio a fin de liberar
al mercado y crear las condiciones esenciales para el crecimiento
económico.
Los globalistas corporativos adhieren a esa visión
del mundo como a un catecismo. Las diferencias entre ellos tienen
que ver principalmente con la medida en que conviene que los gobiernos
subsidien a las empresas privadas o provean redes de seguridad para
amortiguar la caída de los perdedores en la implacable competencia
del mercado.
Los movimientos ciudadanos ven una realidad muy
diferente. Como su foco está en la gente y en el medio ambiente,
ellos ven al mundo en una crisis cuya magnitud amenaza el tejido
de la civilización y la supervivencia de la especie, un mundo
donde la desigualdad crece rápidamente, las relaciones de
confianza y afecto van siendo erosionadas y los sistemas planetarios
de soporte de la vida están fallando. Mientras que los globalistas
corporativos ven expansión de la democracia y economías
de mercado florecientes, los movimientos ciudadanos ven que el poder
de gobernar se va apartando de la gente y las comunidades y pasando
a los especuladores financieros y las empresas globales dedicadas
a la búsqueda de beneficios inmediatos, ignorando toda preocupación
humana y natural. Ven a las empresas sustituyendo las democracias
de personas por democracias del dinero, remplazando a los mercados
autoorganizados por economías corporativas centralmente planificadas,
y a todas las culturas por culturas de codicia y materialismo. A
los ojos de los movimientos ciudadanos esas tendencias no son resultado
de una fuerza histórica inexorable sino más bien de
las acciones intencionales de un sistema político corrupto
inundado de dinero empresarial. Ven al Banco Mundial, el FMI y la
OMC como los principales instrumentos de ese ataque contra la gente
y el medio ambiente. Irónicamente, los movimientos ciudadanos
buscan muchas de las cosas que los globalistas corporativos afirman
ofrecer sin jamás cumplirlo: participación democrática,
economías con empresas que ofrezcan buenos empleos y respondan
a las necesidades y preferencias reales de sus clientes, un ambiente
sano, el fin de la pobreza. Sin embargo, mientras que los globalistas
corporativos buscan una economía global competitiva gobernada
por megaempresas que no deban lealtad a ninguna persona ni lugar,
los movimientos ciudadanos buscan un sistema planetario de economías
formadas por empresas de propiedad local y obligadas a rendir cuentas
a todos los interesados. Los movimientos ciudadanos trabajan por
justicia económica para todos, cooperación internacional,
vibrante diversidad cultural y sociedades sanas y sustentables que
valoren la vida más que el dinero. Los movimientos ciudadanos
reconocen que los globalistas corporativos no pueden cumplir
sus promesas porque los imperativos financieros estrechos y cortos
de vista que rigen sus instituciones son opuestos a ellas. Es posible
que muchos globalistas corporativos actén con las mejores
intenciones, pero su propio éxito financiero los ciega a
los costos de ese éxito para los que no tienen lugar a la
mesa, incluyendo a las generaciones futuras.
En general los globalistas corporativos miden el
progreso por indicadores de su propia riqueza financiera, como la
elevación de precios en la bolsa y la producción total
de bienes y servicios para quienes pueden pagarlos. Con excepción
de dificultades cíclicas en América Latina y otros
lugares y la declinación del ingreso per capita en
los países africanos más pobres, en general esos indicadores
cumplen su función, confirmando a ojos de los globalistas
corporativos su premisa de que su programa está enriqueciendo
al mundo. (Obsérvese que en julio de 2002, cuando este libro
estaba casi listo para la imprenta, los principales indicadores
de la bolsa estadounidense cayeron más de 5 por ciento en
una semana.)
En cambio los movimientos ciudadanos miden el progreso
por indicadores del bienestar de la gente y la naturaleza, con especial
interés por la vida de los más necesitados. Con excepción
de los muy visibles bolsones de privilegio de que disfrutan los
globalistas empresariales, esos indicadores se van deteriorando
a un ritmo aterrador, lo que hace pensar que en términos
de lo que realmente importa el mundo se va empobreciendo rápidamente.
La Organización de las Naciones Unidas para
la Alimentación y la Agricultura (FAO) informa que el número
de personas con hambre crónica declinó incesantemente
en el mundo durante las décadas de 1970 y 1980 pero desde
comienzos de la de 1990 está aumentando. El Departamento
de Agricultura de Estados Unidos estima que para 2008 estarán
subalimentados dos tercios de la población del África
subsahariana, y el 40 por ciento de la asiática.
En un mundo en el que unos pocos disfrutan de una
riqueza inimaginable, doscientos millones de niños de menos
de 5 años están por debajo de su peso debido a la
escasez de alimento. Alrededor de catorce millones de niños
mueren cada año de enfermedades relacionadas con el hambre.
Cien millones de niños viven o trabajan en las calles. Durante
la década de 1990 trescientos mil niños fueron reclutados
como soldados, y seis millones fueron heridos en conflictos armados.
Cada noche, ochocientos millones de personas se acuestan con hambre.
Y esta tragedia humana no está limitada a los países
más pobres. En un país tan rico como Estados Unidos,
6.1 millones de adultos y 3.3 millones de niños pasan hambre.
Alrededor del 10 por ciento de los hogares del país, que
representan 31 millones de personas, no tienen acceso a comida suficiente
para cubrir sus necesidades básicas. Estos son algunos de
los muchos indicadores que apuntan a una crisis social global cada
vez más grave.
En el aspecto ambiental, un estudio conjunto publicado
en septiembre de 2000 por el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD), el Programa de las Naciones Unidas para el
Medio Ambiente (PNUMA), el Banco Mundial y el Instituto de Recursos
Mundiales evaluaron cinco tipos de ecosistemas agrícola,
costero, selvático, de agua dulce y de pastizal en
relación con cinco servicios del ecosistema: producción
de alimentos y fibra, cantidad de agua, calidad del aire, biodiversidad
y almacenamiento de carbono. Encontraron que de esas veinticinco
combinaciones de servicios de los ecosistemas, dieciséis
mostraban tendencias a la declinación. La única tendencia
positiva estaba en la producción de alimentos y fibra por
los ecosistemas selváticos, resultado de la expansión
de la silvicultura industrial de monocultivo a expensas de la diversidad
de especies.
Se calcula que la actividad humana en particular
la quema de combustibles fósiles ha hecho aumentar
la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera
a los niveles más altos en veinte millones de años.
Según el Worldwatch Institute, tanque de pensamiento ambiental,
durante la década de 1990 los desastres naturales, incluyendo
los relacionados con el clima como tormentas, inundaciones e incendios,
afectaron a más de dos millones de personas y causaron pérdidas
económicas por más de 608 mil millones de dólares
en todo el mundo, más que en los cuarenta años precedentes.
Sólo en 1998 trescientos millones de personas tuvieron que
abandonar sus hogares transitoria o permanentemente debido a eventos
climáticos extremos.
Cada día se hace cada vez más imperativo
repensar las prioridades e instituciones humanas. Y sin embargo
la mayoría de los globalistas corporativos, en estado de
negación profunda, reiteran su mantra de que con tiempo y
paciencia la globalización empresarial creará la riqueza
necesaria para acabar con la pobreza y proteger el medio ambiente.
Los movimientos ciudadanos responden que las políticas y
los procesos de la globalización empresarial están
destruyendo la riqueza real del planeta a la vez que impulsan una
competencia primitiva en la que el ganador se lleva todo que va
ensanchando inexorablemente la brecha entre ricos y pobres. Rechazan
como absurdo el argumento de que los pobres deben ser explotados
y el ambiente arrasado para obtener el dinero necesario para terminar
con la pobreza y salvar al planeta. Muchos movimientos ciudadanos
ven el actual imperativo de un cambio transformacional como una
oportunidad de elevar a la humanidad a un nuevo nivel de posibilidades,
el mayor desafío creativo en la historia de la especie. Y
sin embargo la experiencia los lleva a concluir que las instituciones
que tienen el poder necesario para dirigir ese proceso no tienen
ni la capacidad ni el deseo de hacerlo. Y no hay motivo realista
para esperar que dirigentes ricamente recompensados por el status
quo y aferrados a la visión de que no hay alternativa
vayan a experimentar una revelación súbita. El desafío
de proveer un liderazgo para el proceso de crear un mundo justo
y sustentable, por lo tanto, toca a los cientos de millones de personas
extraordinarias de la sociedad global en surgimiento que cree que
un mundo mejor es posible, y que está forjando alianzas globales
con miras a desplazar los poderes de gobierno hacia instituciones
democráticas de arraigo local y escala humana que valoren
la vida más que el dinero. Los más visibles son los
que han salido a la calle a protestar, pero igualmente importantes
y aún más numerosos son los que están luchando
por reconstruir sus comunidades y economías locales frente
a las fuerzas institucionales alineadas contra ellos.
Democracia económica
El bienestar presente y futuro de la humanidad
depende de la transformación de las relaciones de poder dentro
de las sociedades y entre ellas hacia modos más democráticos
de manejar los asuntos humanos, con obligación mutua de rendir
cuentas, autoorganización, coparticipación en el poder
y minimización de la necesidad de una autoridad central coercitiva.
La democracia económica, que implica la participación
equitativa de todos en la propiedad de los activos productivos de
los que depende su subsistencia, es esencial para esa transformación
porque la concentración del poder económico es el
talón de Aquiles de la democracia política,
como lo demuestra la experiencia de la globalización empresarial.
Las luchas políticas definitorias del siglo XX se centraron
en la elección entre socialismo y capitalismo. Ambos centralizaban
el poder de propiedad en instituciones que no tenían que
rendir cuentas a nadie, el estado en el caso del socialismo y la
empresa en el capitalismo. Ambos iban en contra del ideal de la
economía liberal clásica de mercados autoorganizados,
mercados en los que las comunidades se organizan para responder
a las necesidades locales en el marco de reglas democráticamente
determinadas. Pero aunque rara vez se señala, la democracia
económica es tan esencial para el funcionamiento eficiente
de las economías como una regulación pública
sana. Los mercados actuales responden únicamente al dinero,
y por eso prestan atención excesiva a los deseos de los ricos
e ignoran las necesidades más básicas de los pobres.
La democracia económica es además una base necesaria
de la autodeterminación económica individual, comunitaria
y nacional el derecho a decidir las propias prioridades económicas
y las reglas de la propia vida económica porque contribuye
a que cada persona tenga una voz política. Al mismo tiempo,
hay que considerar lo que se gana y lo que se pierde en la elección
entre la creación de reglas local, nacional y global. Por
ejemplo, la sociedad civil está fuertemente comprometida
con la elevación de las normas sociales y ambientales en
todas partes. Para ese fin, algunos activistas llaman al establecimiento
de normas laborales, de salud y seguridad y ambientales universales,
si es posible respaldadas por sanciones comerciales. Señalan
correctamente que permitir normas diferentes en una economía
global abierta y competitiva inevitablemente presiona a todos para
que rebajen sus normas. Pero otros señalan que son invariablemente
las naciones fuertes las que abogan por normas uniformes, porque
tienen el poder de imponer las reglas que les convengan a las naciones
más débiles. Además, las normas internacionales
uniformes no sólo violan el derecho democrático a
la autodeterminación sino que además ignoran las diferencias
en condiciones y preferencias locales. Los que adoptan esa posición
piden medidas que aseguren el derecho de las naciones e incluso
de entidades menores a escoger sus propias normas adecuadas a sus
circunstancias, mientras no pasen a otros el peso de sus decisiones.
Las dos posiciones reflejan inquietudes válidas.
Las diferencias están relacionadas en parte con la prioridad
acordada a la autosuficiencia económica. Cuanto menos autosuficiente
es una comunidad o una nación, mayor es su dependencia externa
y mayor su necesidad de reglas globales uniformes para evitar una
presión hacia abajo sobre las normas en todas partes. Por
la misma razón, cuanto mayor es la autosuficiencia de una
comunidad o nación, mayor margen habrá para la flexibilidad
y la adaptación a circunstancias locales. En el FIG, el diálogo
sobre esas diferencias ha llevado a un consenso a favor de la autosuficiencia
y la autodeterminación local.
La preocupación por la autosuficiencia y
la autodeterminación locales tiene implicaciones importantes
para el gobierno global. Por ejemplo, en un sistema autosuficiente
y localizado, la autoridad primaria para establecer reglas y hacerlas
acatar corresponde a los gobiernos nacional y local de las jurisdicciones
donde rigen. El papel de las instituciones internacionales consiste
en facilitar la coordinación de las políticas nacionales
sobre temas en que los intereses de las naciones están intrínsecamente
unidos, como por ejemplo el calentamiento global. Por supuesto un
compromiso democrático con la autodeterminación significa
que por último toca a la población de cada nación
si es que no a cada grupo indígena o comunidad local
decidir en qué medida han de integrar su propia economía
con las economías de otras naciones. Es probable que la población
de diferentes países llegue a decisiones diferentes. Lo apropiado
sería que el interés internacional quede limitado
a asegurar que las decisiones se tomen en forma democrática,
que las relaciones económicas entre los países sean
justas y equilibradas, que ningún país acumule deudas
imposibles de pagar con el resto del sistema y que cada una de las
economías nacionales esté asegurada contra intervenciones
predatorias de naciones y empresas extranjeras.
Ciertamente hay necesidad de instituciones internacionales
que faciliten el intercambio cooperativo y resuelvan los inevitables
conflictos entre intereses nacionales rivales en busca de soluciones
para problemas globales. Pero esas instituciones deben ser trasparentes
y democráticas y defender el derecho a la autodeterminación
de la gente, las comunidades y las naciones. El Banco Mundial, el
FMI y la OMC violan cada una de esas condiciones a tal punto que
los autores de este libro recomiendan desautorizarlos y construir
nuevas instituciones bajo la autoridad de una Organización
de Naciones Unidas reformada y fortalecida. Esas nuevas instituciones
serían responsables por liberar a las naciones del Tercer
Mundo de la carga de deudas internacionales impagables, ayudando
a todas las naciones a equilibrar sus cuentas de comercio internacional
y de inversiones de acuerdo con el sistema global, y trabajando
con los gobiernos nacionales para establecer la obligación
pública de rendir cuentas para las empresas cuyas operaciones
atraviesan fronteras nacionales.
El impulso para el cambio
Hace menos de diez años las afirmaciones de los globalistas empresariales sobre la inevitabilidad de su causa resultaban creíbles para muchos. Hablar de alternativas económicas parecía poco más que una bravata. Hoy, a pesar de que la globalización corporativa sigue siendo una fuerza tremenda, ya no parece tan invencible, y la discusión de alternativas ya no se ve como pura fantasía. La conciencia pública del abuso generalizado de su poder por las empresas ha alimentado el crecimiento de un fuerte movimiento de oposición. Por ejemplo, las negociaciones secretas hacia un acuerdo multilateral sobre inversiones (MAI = Multilateral Agreement on Investments) bajo la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) fueron denunciadas y finalmente terminaron. Al presidente de Estados Unidos Clinton le negaron dos veces la "vía rápida" ("fast track") que deseaba y que le hubiera dejado las manos libres para negociar acuerdos comerciales con un mínimo de debate parlamentario y sin enmiendas. (Un Congreso republicano finalmente concedió esa autoridad al presidente George W. Bush en 2002, por tres votos.) Los esfuerzos por iniciar una nueva ronda de negociaciones comerciales en la reunión ministerial de la OMC en Seattle en 1999 fueron bloqueados y la OMC se vio obligada a mostrar su naturaleza antidemocrática trasladando su reunión ministerial de 2001 a Qatar, una monarquía remota donde cualquier protesta pública es reprimida sin piedad. En abril de 2000 la policía cerró buena parte de la ciudad de Washington para proteger a una reunión del Banco Mundial y el FMI contra los manifestantes que exigían la desautorización de esas instituciones y la cancelación de la deuda del Tercer Mundo. Una reunión subsiguiente de directores del FMI y el Banco Mundial en Praga terminó un día antes de lo planeado, y otra planeada para Barcelona fue cancelada. En 2001 las empresas farmacéuticas fueron obligadas a hacer concesiones para permitir un mayor uso de drogas genéricas a bajo costo en los países pobres. Los manifestantes y los miembros del grupo de los 77 un organismo intergubernamental formal de más de 130 de los países más pobres del globo se encuentran cada vez más unidos en una causa común.
Esa alianza en desarrollo de organizaciones de la sociedad civil agrupa a sindicalistas, agricultores, campesinos sin tierra, religiosos, organizaciones de mujeres, organizaciones de jóvenes, propietarios de pequeños negocios, productores artesanales, activistas por la justicia económica, defensores de la reforma de las prisiones, ambientalistas, activistas del SIDA y otras áreas relacionadas con la salud, políticos, medios de comunicación independientes, empleados públicos, gente sin casa, organizaciones por la paz y los derechos humanos, grupos de homosexuales, intelectuales, defensores de los consumidores y hasta algunos directores de empresas, de todas las edades, religiones, razas y nacionalidades. Es producto de un despertar en gran parte espontáneo de millones de personas a la realidad de que su futuro y el futuro de sus hijos depende de que ejerzan su derecho democrático a participar en las decisiones que determinan ese futuro. Aglutinada por un profundo compromiso con los valores universales de la democracia, la justicia y el respeto por la vida, esa alianza funciona en forma cada vez más eficaz sin organización central, liderazgo ni ideología definitoria. Además, adopta distintas formas en diferentes ambientes.
En la India, los activistas buscan empoderar a las poblaciones locales a través del control comunitario democrático de los recursos bajo la bandera de un movimiento por la Democracia Viva que congrega a millones. En Canadá, cientos de organizaciones se han unido para articular una agenda ciudadana que intenta arrancar a las empresas el control de las instituciones gubernamentales. En Chile, coaliciones de grupos ambientalistas han creado una vigorosa propuesta de Chile Sustentable tendiente a revertir la deriva de ese país hacia los mercados libres y reafirmar el control democrático de las prioridades y los recursos de la nación. En Brasil el foco está en los derechos de los trabajadores, los pobres y los campesinos sin tierra. En Bolivia un movimiento masivo de campesinos y trabajadores ha logrado impedir la privatización del agua. En México los pueblos mayas de Chiapas han vuelto a encender el espíritu de Zapata en un movimiento para reafirmar los derechos de los pueblos indígenas sobre la tierra y los recursos. Agricultores franceses se han sublevado contra reglas comerciales que amenazan con eliminar a los pequeños productores. La construcción de nuevas carreteras en el Reino Unido ha hecho salir a la calle a cientos de miles de personas que se oponen a esa profanación del campo en respuesta a la implacable exigencia de la globalización de transportes cada vez más rápidos.
Estos son sólo algunos ejemplos de las iniciativas y acciones que se están dando en todo el mundo en defensa de los derechos democráticos. Algunas son puramente locales, otras son nacionales e internacionales. Todas están unidas en el común rechazo al poder ilegítimo y las falsas promesas de las empresas globales y en un compromiso proactivo de revitalizar la democracia a nivel local, regional, nacional y global. Cada una contribuye a la visión que va surgiendo de la sociedad sana, justa y sustentable que la humanidad posee los medios de crear. Cada una suma su voz a un creciente coro global que proclama el derecho de "Nosotros la población del planeta Tierra" a crear esa sociedad.
En este libro se analizan muchas de esas propuestas alternativas y también iniciativas en marcha. Algunas son a corto plazo y responden a debates del momento, otras son a largo plazo y elaboran reglas e instituciones nuevas para el desarrollo de sociedades sustentables. Martin Khor de la Red del Tercer Mundo basada en Malasia ofrece un marco excelente para comprender las interacciones de esos diferentes tipos de trabajo alternativo (en el Recuadro A).
Permítaseme presentar dos paradigmas en conflicto que actualmente enfrenta la sociedad civil y que nos imponen algunas decisiones difíciles sobre cómo llevar adelante nuestro trabajo. El primer paradigma implica la decisión de trabajar en en sistema de la globalización, en el que nos sentimos atrapados. Si trabajamos dentro de ese sistema, empezamos por preguntar: "¿Son justas las reglas del juego, en particular para los jugadores más débiles, o los jugadores fuertes las están torciendo y manipulando para seguir dominando a los débiles?" Si encontramos que este último es el caso, debemos luchar por la reforma de las reglas del juego para hacerlas más justas. Debemos monitorear y estar atentos a dónde las reglas van en contra de los débiles y los pobres. En este primer paradigma trabajaremos y argumentaremos dentro de los parámetros del sistema tratando de modificarlo, porque quizá hemos llegado a la conclusión de que no hay alternativa, por lo menos a corto plazo. Éste puede ser el enfoque adoptado por personas pragmáticas preocupadas, por ejemplo, por la supervivencia para los próximos cinco o diez años.
Pero aun mientras trabajamos dentro de ese sistema y lo vamos haciendo más justo para todos los participantes, comprendemos que es posible que no dure mucho debido a los límites ecológicos. Dicho de otro modo, si continuamos poniendo el énfasis en un gran crecimiento, pero ese crecimiento se distribuye en forma más equitativa y logramos que los pobres salgan mejor parados, todo el sistema industrialista sigue funcionando. El debate es sobre si las plantas textiles deben estar en Londres y proporcionar empleo a los trabajadores ingleses con altos niveles de vida y seguridad social o deben ser trasladadas a Bangladesh donde se explota el trabajo infantil. Es posible que para el niño obrero sea mejor ser explotado que estar desempleado y muerto. Éste es el tipo de debate en el que podemos meternos con el primer paradigma. ¿Es justo que los nativos de Bangladesh sean explotados en una fábrica o deben permanecer inexplotados; debemos elevar sus condiciones de trabajo? Si sus condiciones de trabajo se elevan es posible que pierda el empleo porque la fábrica podría mudarse a Londres y dar el empleo a un trabajador de allí. Por lo tanto el problema pasa a ser otro: quizá la fábrica no debería existir ni en Londres ni en Bangladesh porque el industrialismo es malo, quizá el industrialismo es incompatible con la supervivencia a largo plazo del mundo. Ésa es la base del segundo paradigma: el debate Norte-Sur no tiene sentido porque de todos modos en veinte o treinta años todo el sistema se derrumbará. De modo que en el segundo paradigma trabajamos por unidades de producción estilo Gandhi: familiares o de base comunitaria y autosuficientes, con comercio principalmente dentro de la comunidad y la región y sólo ocasionales intercambios con el resto del mundo, según las necesidades.
Los que trabajan en este segundo paradigma podrían decir: "No quiero empresas transnacionales. Utilizaré cualquier método para eliminarlas y regresar a la producción local." De manera que los que trabajan en este segundo paradigma ciertamente llegarán a conclusiones políticas diferentes de las de quienes trabajan desde el primer paradigma, que busca un comercio más justo y relaciones económicas más equitativas. El debate sobre si los derechos de los trabajadores y del medio ambiente deben ser mencionados en los acuerdos comerciales en realidad forma parte del primer paradigma, pero al mismo tiempo debemos recordar que el segundo paradigma existe. A veces tomamos ideas de ese segundo paradigma para apoyar nuestros argumentos en el primer paradigma y viceversa, y caemos en la confusión. De manera que mientras trabajamos y debatimos qué iniciativas tienen sentido, debemos ser explícitos sobre si estamos hablando desde el primer paradigma o el segundo.
Que quede claro que el mundo real va avanzando en el primer paradigma. Es posible que algunos de nosotros estemos luchando desde el interior de ese paradigma para señalar las inequidades, las pautas dobles, los puntos en que los términos de intercambio deben ser más justos, etcétera. Personalmente yo suelo trabajar en el contexto del primer paradigma, aunque emocionalmente en realidad pertenezco al segundo. De modo que si preguntamos si debemos comerciar con el resto del mundo, es preciso dejar bien claro cuáles son nuestras premisas y de qué paradigma partimos. Porque al fin de cuentas, es mejor si logramos infundir el segundo paradigma en el primero como una especie de transición. Por ejemplo, mientras luchamos con el comercio y el medio ambiente en el primer paradigma, haríamos bien en preguntar cómo hacer más ecológicamente sustentable el sistema globalizado como transición hacia el segundo paradigma. Y hacerlo de modo que los pobres no sufran y sean los ricos quienes paguen los costos del ajuste. Creo que por el momento debemos siempre tratar de trabajar en los dos paradigmas. En este sentido, podemos crear un sistema que vaya hacia la sustentabilidad ambiental en forma socialmente equitativa reduciendo las desigualdades en el ingreso y resolviendo el problema de la pobreza, pero a la vez resolviendo el problema ambiental. ¿Es posible crear mecanismos de comercio, sistemas de precios y productos y demás que permitan esa transición hacia el Paradigma Dos? Ése es uno de nuestros grandes desafíos.
Fuente: Martin Khor, "Commentary", en John Cavanagh, (ed.), South-North: Citizen Strategies to Transform a Divided World, San Francisco, International Forum on Globalization, Noviembre de 1995.
Los procesos alternativos del FIG
La indagación del Foro Internacional sobre la Globalización en busca de alternativas a la globalización empresarial se inició en enero de 1999, casi un año antes del enfrentamiento de Seattle entre la sociedad civil y la Organización Mundial del Comercio. Desde entonces alrededor de treinta miembros de la directiva del FIG y algunos miembros asociados están preparando artículos y reuniéndose regularmente para desarrollar un consenso acerca de un marco para el cambio positivo. Este libro es nuestro informe provisional. El Capítulo 1 presenta una crítica de las instituciones, la teoría y la práctica de la globalización corporativa y la argumentación de por qué deben ser sustituidas por instituciones, teoría y práctica que sirvan a la vida y la democracia y las alimenten. En el Capítulo 2 se esbozan diez principios organizadores para sociedades sanas, justas, democráticas y sustentables, que ofrecen un marco guía para el trabajo creativo de reestructuración institucional y elaboración de reglas que nos espera. El Capítulo 3 examina la naturaleza especial de recursos comunes como el agua, que constituyen una herencia esencial para la vida, y explica por qué permitir que sean privatizados, monopolizados y asignados exclusivamente en base a la capacidad de pago y sin consideración por la equidad y el interés público es moral y ambientalmente inaceptable. En el Capítulo 4 se presentan los argumentos en favor de desplazar el poder de decidir del nivel global al local, y se esbozan algunas de las formas en que puede hacerse. En el Capítulo 5 se examinan los procesos por los que las empresas globales han llegado a establecerse como instituciones dominantes en el planeta y se esbozan medidas específicas para modificar la estructura empresarial, limitar su poder y obligarla a rendir cuentas al interés público. En el Capítulo 6 se extraen lecciones de iniciativas exploratorias en la práctica de la democracia viviente propuestas por una varidad de movimientos tanto del Norte como del Sur. En particular se describen sistemas alternativos que funcionan en la energía, el transporte, la agricultura y la manufactura. El Capítulo 7 aboga por sustituir el triumvirato de Banco Mundial, FMI y OMC por nuevas instituciones a crear bajo la autoridad de las Naciones Unidas. Esas instituciones tendrían mandato para apoyar y ayudar a la transición a un sistema planetario cooperativo de economías locales que intercambiarían información, tecnología, cultura y bienes en un marco de responsabilidad mutua y democrática. El Capítulo 8 ofrece algunas reflexiones finales.
Presentamos este informe conscientes de la complejidad de los temas y los cambios que implican. También reconocemos que la discusión seria de alternativas y propuestas prácticas es una actividad relativamente nueva en la sociedad civil. Es posible que personas inteligentes y reflexivas difieran en muchos puntos, igual que muchos de los que participamos en la preparación del libro tenemos diferencias. Nuestro objetivo es estimular el diálogo y debate hacia una visión y una afirmación más refinadas. Planeamos distribuir este volumen entre muchos miles de grupos políticos y ciudadanos que se ocupan de estas cuestiones en todos los continentes para invitarlos a que contribuyan. Contemplamos un proceso de tres años, que incluirá reuniones de los grupos interesados en cada región para proseguir el diálogo y construir consensos con miras a un informe revisado y ampliado que esperamos lleve la discusión a un nuevo nivel de sofisticación y también de concreción.
Te invitamos a participar también.
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